martes, 3 de agosto de 2010
Def.Con.2.1.231.1
Para mí, ahora es de noche. Para ti, es de mañana. Bueno, ¿y qué? Las personas como tú estáis pendientes del reloj durante los viajes, igual que los hombres de las cavernas llevaban siempre una brasa ardiendo dentro de un cráneo cubierto de hollín, por si podían emplearlo para encender un fuego. Sabes muy bien que en el Metro siempre es de noche, y por ello no tiene ningún sentido atenerse a las horas con exactitud. Destroza ese reloj, y entonces verás cómo el tiempo se transforma. Es una experiencia interesantísima. Se va alterando hasta que dejas de reconocerlo. Ya no está desmenuzado, ya no está dividido en segmentos, horas, minutos, segundos. El tiempo es como el mercurio: aunque intentes dividirlo en partes más pequeñas, se reconstituye al instante, de nuevo entero y sin forma. Los hombres lo han domesticado, lo han encadenado a sus relojes y cronómetros, y fluye igual para todos los que lo han encadenado. Pero déjalo libre, y verás: fluye de manera distinta para cada uno. Para alguien será lento y moroso, y ése lo medirá en cigarrillos fumados, o en respiraciones. Para otro, en cambio, escapa al instante, y su unidad son vidas humanas ya vividas. ¿Piensas que estamos en las horas de la mañana? Existe alguna posibilidad de que tengas razón. Digamos un veinticuatro por ciento.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario